21 Agosto, 2026
Patricia Gascón, responsable de los centros socioculturales
La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 2026 como Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible. Patricia Gascón, responsable de los Centros Socioculturales de Fundación Dfa, profundiza en lo que rodea a esta figura vital como parte de la entidad, cuyas puertas permanecen abiertas a nuevas caras.
¿Qué importancia tienen las personas voluntarias para Fundación Dfa?
Las personas voluntarias son, sencillamente, el alma y el pilar fundamental de nuestro día a día. Actualmente, contamos con un equipo de 124 personas que actúan como si fueran nuestras manos y nuestros ojos en el terreno. Su labor es vital, especialmente en servicios donde el volumen de asistencia es muy elevado y, sin su compromiso, muchas de las actividades que ofrecemos y que tanto significan para nuestros usuarios y usuarias serían imposibles de ejecutar con la misma calidad y calidez humana.
¿Qué gana una persona cuando decide formar parte del voluntariado?
Quien se acerca al voluntariado recibe mucho más de lo que da. A nivel personal, es una fuente inagotable de aprendizaje y crecimiento. Es un espacio perfecto para explorar vocaciones y probar ámbitos en los que uno quizá se plantea estudiar o trabajar en el futuro. Pero, sobre todo, es una experiencia transformadora: se forjan amistades profundas, se adquieren conocimientos únicos y, sobre todo, se obtiene una nueva perspectiva sobre lo que nos rodea. Es una oportunidad para abrir la mente, enriquecerse culturalmente y, sin duda, vivir momentos inolvidables que marcan una etapa vital.
¿Por qué el voluntariado sigue siendo una herramienta tan poderosa para la inclusión?
Porque su poder reside en la capacidad de movilizar recursos y acciones que, de otra forma, serían inalcanzables. En el ámbito del ocio y la participación social, el voluntariado se convierte en una llave maestra para la autonomía personal. Al contar con el apoyo necesario, la persona con discapacidad gana libertad, seguridad y la posibilidad de participar en la sociedad en igualdad de condiciones, rompiendo el aislamiento que a menudo impone el entorno.
¿Qué tipo de perspectivas y realidades se conocen a través de esta labor?
Es una oportunidad única para asomarse a realidades diferentes a la propia y descubrir nuevas formas de entender la convivencia. Muchas personas voluntarias experimentan lo que llamamos un desbloqueo mental: de repente, empiezan a fijarse en la accesibilidad de su propio entorno. Donde antes no veían nada, ahora identifican barreras, rampas, recorridos y obstáculos cotidianos. Este cambio de chip es el primer paso para construir una sociedad mucho más consciente y responsable.
Para quienes creen que no tienen tiempo o experiencia, ¿cuál es la barrera principal y cómo se desmonta?
La barrera suele ser una combinación de factores, pero principalmente es la falta de tiempo. Sin embargo, en la fundación nos hemos adaptado para que el voluntariado sea flexible: tenemos opciones de mañana, tarde, fines de semana o incluso colaboraciones puntuales quincenales; por lo tanto, el tiempo ya no es una excusa válida. En cuanto a la falta de experiencia técnica, como saber manejar una silla de ruedas, eso se aprende con rapidez. Lo esencial no se enseña: la empatía, el respeto y el cariño. El resto de habilidades prácticas se adquieren mediante una formación sencilla y el apoyo de nuestros equipos.
¿Qué descubre una persona voluntaria en su primer día?
El primer día suele haber un choque visual al ver muchísimas sillas de ruedas, pero esa impresión desaparece al instante cuando el voluntario descubre que hay infinitas maneras de alcanzar los objetivos y disfrutar. En ese primer contacto, se desmitifica la idea de que la discapacidad reside en la persona; se aprende, por el contrario, que la discapacidad es una cuestión de fricción con un entorno que a veces no está diseñado para todos. Es una lección de humildad y de abrir la mente.
¿Qué prejuicios sobre la discapacidad le gustaría desterrar?
Hay dos prejuicios muy arraigados que nos gustaría erradicar. El primero es esa lástima condescendiente de ver a alguien en silla de ruedas y de pensar eso de «pobrecito». El segundo es la creencia errónea de que, debido a su condición, tienen limitaciones insuperables para realizar actividades. Estos prejuicios se desmontan por completo en cuanto el voluntario observa que, con los apoyos adecuados —donde ellos juegan un rol clave—, una persona con discapacidad puede hacer exactamente lo mismo que cualquier otra sin discapacidad.
¿Hay alguna historia que explique mejor el voluntariado que cualquier discurso?
¡Hay miles! Tantas que podríamos escribir varios libros con ellas. Cada persona voluntaria y cada persona usuaria tienen una vivencia única que demuestra cómo las barreras se difuminan con el contacto humano. Sin embargo, más que intentar explicarlo con palabras, lo mejor es invitar a todas las personas interesadas a que vengan a conocer nuestra realidad en primera persona, da igual que sean mayores o jóvenes y que dispongan de más o menos tiempo. Cualquier colaboración es bienvenida.